HIJO BASTÓN DE VEJEZ: LA HISTORIA DE UNA VIDA DEDICADA A CUIDAR A SUS PADRES
El hijo bastón de vejez no siempre es consciente del lugar que ocupa dentro de su familia. Muchas veces comienza siendo simplemente el hijo responsable, el que está disponible, el que cuida y procura que a sus padres no les falte nada. Con el paso de los años, el amor puede mezclarse con la culpa y la autoobligación, hasta llevarlo a postergar relaciones, proyectos y sueños personales.
La siguiente historia de Marinela nos permite comprender esta dinámica y cómo se construye silenciosamente desde la infancia y cómo una persona puede llegar a sentir que hacer su propia vida significa abandonar o traicionar a quienes ama.
UNA HISTORIA DE AMOR, CULPA Y SACRIFICIO
Vamos a conocer el relato de Marinela y cómo desde pequeña sintió que cuidar a sus padres era su responsabilidad. Lo hizo desde el amor, pero también desde una profunda sensación de obligación que durante muchos años no pudo reconocer.
Su historia nos permite comprender cómo puede llegar a convertirse en hijo bastón de vejez.
Marinela: Desde que estuve en el vientre de mi madre, me alimenté emocionalmente con el temor que mi madre tenía por la enfermedad de mi hermano mayor leucemia linfática.
Nací en un hogar donde había amor, pero también preocupación, miedo y una enorme atención puesta en la enfermedad de mi hermano.
Cuando nací, me hubiera gustado ser el centro de atención de mi familia, como suele ocurrir con todo bebé recién nacido. Mis padres hicieron lo que pudieron para brindarme cariño y amor, pero estaban más enfocados en la salud de mi hermano mayor.
En ese tiempo, la leucemia linfática no tenía cura. Mi hermano falleció a los 4 años de edad; yo tenía apenas un año y medio. Esa pérdida fue muy dolorosa y devastadora para toda la familia. Con su partida, nuestro hogar quedó sumido en un profundo duelo.
Mi padre perdió las ganas de vivir y su dolor lo mitigaba con el alcohol, mi madre atravesaba también su propio duelo, pero ella tuvo que asumir gran parte de la responsabilidad de sacar adelante a la familia.
Desde la muerte de mi hermano, mi padre se quedó sin fuerzas para sacar adelante a la familia y cuando yo apenas tenía 8 años, mi padre en forma directa me pidió que me hiciera cargo de la familia, que la sacara adelante y que, cuando ellos fueran ancianos, me hiciera cargo de ellos.
“Esto quedaría profundamente grabado en ella, sin sentir que tuviera la posibilidad de decir que no. Para un adulto puede parecer simplemente una petición; para una niña puede convertirse en algo mucho más grande.”
Marinela comenzó a madurar rápidamente. Aprendió a observar las necesidades de sus padres y a hacer cosas para que ellos estuvieran bien. Poco a poco fue construyendo una forma de relacionarse con ellos basada en una idea:
“Yo tengo que cuidar de ustedes.”
Aquella niña todavía no podía imaginar cuánto influiría esa responsabilidad en las decisiones de la mujer adulta que llegaría a ser.
CUANDO LAS NECESIDADES DE LOS PADRES ESTÁN ANTES QUE LAS PROPIAS
Marinela: Maduré bastante rápido y dejé de vivir mi vida para cumplir con lo que me había pedido mi padre, siempre hacía las cosas para que ellos se sientan felices. Mis necesidades o preferencias quedaban en segundo lugar.
En mi adolescencia llegué a elegir enamorados, que eran del agrado de mi madre, para mí misma no eran importantes mis decisiones o mis gustos. Como siempre fui gordita, llegué en un momento a pensar que, si nadie se fijara en mí, no importaba, lo importante era dedicarme a mi trabajo para que a mis padres no les falte nada.
Esta forma de pensar muestra una de las características más profundas del hijo bastón:
“la propia vida comienza a sentirse menos importante que el bienestar de los padres”.
AMAR TAMBIÉN COMENZÓ A SIGNIFICAR QUEDARSE
Marinela: Mi padre siempre evitó que tuviera una vida social, siempre descalificó las elecciones que hacía de pareja, por esta razón, cuando me casé por primera vez, lo hice en secreto, porque sentía que me estaba prohibido. Un par de años después me divorcié.
Con el tiempo comprendí la actitud de mi padre:
Si construía mi propia vida y me iba de casa, ¿quién cuidaría de ellos cuando envejecieran?
Ahora lo comprendo: su temor era que yo hiciera mi propia vida y me fuera de casa. Si eso ocurría, ¿quién iba a cuidar de ellos durante su vejez?
Así comenzó a instalarse una difícil contradicción. Por un lado, estaba el amor y, por otro lado, la necesidad de construir una existencia propia. Y entre ambos estaba la culpa.
LA RESPONSABILIDAD SIGUIÓ CRECIENDO
Años después llegó otro desafío. Un tío de edad avanzada regresó del extranjero y necesitaba cuidados.
Marinela: Acepté cuidar y hacerme cargo, porque sabía que de esa manera se resolvía la parte económica para mis padres, me hice cargo de todos ellos.
Su vida comenzó a organizarse alrededor de las necesidades de otras personas.
Marinela: Apareció un pensamiento que me repetía: “Yo no puedo enfermarme.” e inmediatamente surgía otra pregunta: “Si yo enfermo, ¿quién va a cuidarlos?”
Inconscientemente me refería a mis padres como mis “hijos mayores”. Los lugares de padres e hija parecían haberse invertido. Me sentía responsable de sostener a quienes originalmente habían cuidado de mí cuando era pequeña.
¿DÓNDE QUEDÓ MI PROPIA VIDA?
Marinela: termine una relación sentimental mientras continuaba ocupándome de la familia.
Posteriormente envié a mi padre a Italia, donde podía acceder a un seguro de salud que le permitiría recibir tratamientos y cirugías. Mientras tanto, permanecí cuidando a mi madre y mi tío.
Pero incluso cuando volví a pensar en construir una relación de pareja, apareció nuevamente el mismo patrón.
Tengo que buscar, una pareja que pueda ayudarme a cuidar a mis padres. Mi proyecto sentimental ya no estaba pensado únicamente en “¿Con quién quiero compartir mi vida?” estaba condicionado por “¿Quién podrá ayudarme a cuidar de mis padres?”
Volví a casarme cuando ya había terminado mi etapa reproductiva por lo que no podía tener hijos y, algunos años después, volví a divorciarme. Porque esta relación no estaba centrada en nosotros sino en cuidar a mis padres.
“La vida había seguido avanzando. Pero aquella promesa de la infancia seguía presente”.
CUMPLIR LA PROMESA HASTA EL FINAL
Marinela: Con el paso de los años, fui despidiendo a las personas que había cuidado.
Primero mi tío. Después mi madre. Finalmente quedó mi padre, quien permaneció postrado durante varios años.
Era exactamente aquello que mi padre me había pedido cuando tenía ocho años:
“Cuando seamos ancianos, hazte cargo de nosotros.”
Y aquella niña había cumplido su promesa.
Durante esa última etapa, mi vida social quedó prácticamente anulada.
Viajar resultaba especialmente difícil recuerdo que, en varias ocasiones, cuando tenía preparado un viaje, poco antes de partir mi padre enfermaba y debía ingresar al hospital.
EL BASTÓN QUE PERMANECÍA GUARDADO
Marinela: Ocurrió algo aparentemente pequeño, pero profundamente simbólico.
En el depósito de mi casa había un antiguo bastón que había pertenecido a la madre adoptiva de mi tío.
Cada cierto tiempo limpiaba aquel depósito y me deshacía de las cosas que ya no necesitaba.
Pero por alguna razón aquel bastón siempre permanecía allí. Nunca lo tiraba.
Hasta que un día comprendí la dinámica que había atravesado durante gran parte de mi existencia.
Me reconocí como hija bastón de vejez.. Entonces recordé aquel objeto.
Fui al depósito saque el bastón y lo lleve a una maderera para que lo cortaran y finalmente lo deseche.
No era simplemente tirar un objeto viejo. Era un acto simbólico.
Representaba el cierre de una etapa de su vida.
CUANDO EL AMOR SE MEZCLA CON LA OBLIGACIÓN
La historia de Marinela no habla de falta de amor.
Precisamente habla de un amor inocente sin consciencia.
Nos invita a observar lo qué sucede cuando el amor comienza a mezclarse con culpa, responsabilidad excesiva, sacrificio y renuncia personal.
Podemos cuidar a nuestros padres porque los amamos. Podemos acompañarlos cuando envejecen. Podemos estar presentes cuando realmente nos necesitan.
Pero existe una diferencia: Entre “Quiero acompañarte” y sentir “No tengo derecho a hacer mi vida porque tengo que cuidarte.”
El hijo bastón de vejez puede tardar muchos años en reconocer esa diferencia.
Porque desde dentro de la dinámica, el sacrificio puede sentirse simplemente como amor.





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